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lunes, 12 de marzo de 2012

Afroamericanos en la Guerra Civil (II): Kanute Frankson







En sus memorias, James Yates habla de un joven negro de Detroit al que esperan con interés en las cocheras de las Brigadas Internacionales debido a su experiencia como mecánico en la Ford. Ése joven era Kanute Frankson, un jamaicano del que apenas se sabe nada pero de quien se conserva una preciosa carta en los archivos de la Brigada (American Lincoln Brigade Archives, ALBA).


Frankson nació en Parish of St. Catherine, Old Harbor, Jamaica, el 13 de abril de 1890. En 1917, junto con su esposa Rachel, emigró a Wilkes Barre, Pennsylvania, donde trabajó como mecánico. Más tarde se trasladó a Detroit donde trabajó para la industria del automóvil. Se unió al Partido Comunista en 1934 y zarpó en el Queen Mary rumbo a Europa el 21 de abril de 1937. En España fue rápidamente promovido, debido a la escasez de mecánicos, dentro de la sección de transporte de las brigadas. Dada su facilidad para los idiomas, parte de su tiempo lo empleó en dar clases de mecánica a jóvenes españoles. Regresó a Estados Unidos el 24 de septiembre de 1938. Irónicamente, murió en un accidente de tráfico hacia 1940. Ésta es su carta:

De Canute Frankson
Albacete, España
6 de julio de 1937

Querido amigo:

Estoy convencido de que, a estas alturas, estás esperando una detallada explicación de lo que tiene esta lucha internacional que ver con mi estancia aquí. Puesto que ésta es una guerra entre blancos quienes durante siglos nos han mantenido en la esclavitud, y nos han colmado de todo tipo de insultos y abusos, segregado y aplicado las leyes de “jim-crow”; por qué yo, un negro, que ha luchado a lo largo de estos años por los derechos de mi gente, está hoy aquí en España.

Porque nosotros no somos tan sólo una minoría aislada luchando desesperadamente contra un enorme gigante, porque, querido, nos hemos unido a, llegado a ser parte activa de, una gran fuerza en progresión, sobre cuyos hombros descansa la responsabilidad de salvar a la civilización humana de la destrucción diseñada por un pequeño grupo de degenerados enloquecidos por sus ansias de poder. Porque si aplastamos al Fascismo aquí, salvaremos  a nuestra gente en América, y en otras partes del mundo, de la cruel criminalización, la prisión sistemática, y las matanzas que los judíos padecieron y están padeciendo bajo las botas fascistas de Hitler.

Todo lo que tenemos que hacer es pensar en el linchamiento de nuestro pueblo. Podemos echar la vista atrás a las páginas de la Historia de América manchada con la sangre de los negros, apestada con los cuerpos quemados de los nuestros colgando de los árboles; amarga con las quejas de nuestros seres queridos torturado cuyos cuerpos, orejas, dedos de manos y pies, han sido cortados para regalo, cuerpos en cuyo interior han sido clavados atizadores al rojo vivo. Todo a causa de un odio creado en las mentes de los hombres y mujeres por sus amos quienes nos mantienen a todos bajo sus botas mientras ellos, de nuestra misma sangre, viven en sus confortables camas mediante nuestra explotación.

Pero a esta gente que aúlla como lobos hambrientas tras nuestra sangre, a esta gente ¿debemos odiarlos? ¿Debemos mantener la llama que estos amos prenden y alimentan constantemente? Son estos hombres y mujeres responsables de los planes de sus amos, y de las condiciones que les fuerzan hasta alcanzar tales profundidades de degradación? Creo que no. Ellos son herramientas en manos de amos sin escrúpulos. Estas mismas personas están tan hambrientas como nosotros. Viven en lugares infectos y portan andrajos igual que nosotros. Ellos también son esquilmados por sus amos, y sus rostros se hunden en la mugre de un sistema decadente. Ellos son nuestros camaradas. Pronto, muy pronto, ellos y nosotros comprenderemos. Pronto muchos Angelos Herndon se alzarán entre ellos, y entre nosotros, y nos guiarán contra aquellos que viven junto a la fetidez de nuestra carne quemada. Los aplastaremos. Construiremos una nueva sociedad, una sociedad de paz y bienestar. No habrá fronteras de color, ni trenes segregados por las leyes de “jim-crow”, ni linchamientos. Esto es por lo que, querido, estoy aquí en España.

En los campos de batalla de España luchamos por la preservación de la democracia. Aquí estamos asentando el fundamento de la paz mundial, y la liberación de mi gente, y de la raza humana. Aquí, donde nosotros estamos implicados en una de las más amargas luchas de la historia humana, no hay frontera de color, ni discriminación, ni odio racial. Sólo hay un odio, y ese es el odio al fascismo. Sabemos quiénes son aquí los enemigos. Los españoles son muy amables con nosotros. Son gente encantadora. Ya te hablaré de ellos en otro momento.

Prometí no sermonearte, pero todo indica a que esto se asemeja más a un sermón que a una carta a un viejo amigo. Pero, ¿cómo puedo evitarlo, enfrentándome cara a cara con tales pesarosas circunstancias? Soy bastante consciente de mi tosco esfuerzo al escribirte una carta íntima, pero tu conocimiento de mi seriedad y sinceridad, junto con tu inteligencia y paciencia te capacitarán para comprender y ser tolerante. Más tarde, después de superar esta presión, estoy seguro de que seré capaz de escribir más íntimamente. La conciencia de la responsabilidad de mis acciones me ha mantenido bajo una presión terrible. Por eso creo que esto te ha provocado un gran disgusto.

No pienses ni por un momento que la presión de esta terrible guerra o las muchas millas de distancia entre nosotros ha cambiado mis sentimientos hacia ti. Nuestra amistad ha significado mucho para mí. Yo la estimo porque siempre ha sido una amistad de mutuo y devoto interés. Y yo haré cualquier cosa dentro de mis posibilidades para mantenerla.

Nadie sabe cuando moriré, incluso bajo las más favorables condiciones. Así que, yo, un soldado en activo, lo ignoro todo acerca de lo lejos o cerca que está la muerte. Pero mientras aguante, te mantendré al tanto de los acontecimientos. A veces cuando me dirijo al frente las bombas caen muy cerca. Entonces pienso que es sólo cuestión de minutos. Después vuelvo a la base y me parece ver la vida con otra perspectiva. De algún modo me resulta más hermosa. Al pensar en ti, en casa y en todos mis amigos, entonces me pongo a trabajar más febrilmente que nunca. Cada uno de nosotros debemos dar todo lo que tenemos si queremos que esta bestia fascista sea destruida.

Cuando esto acabe espero compartir mi alegría contigo. Será una alegría que no podría haber adquirido de otro modo más que habiendo servido en una causa tan notable. Espero que el aparente error que cometí pueda ser compensado por el servicio que estoy prestando aquí a la causa de la democracia. Espero que estés bien, y que me perdonarás, si no lo has hecho ya. Mi sincero deseo es que seas feliz, y cuando esto termine volvernos a ver de nuevo. Pero si una bala fascista me detiene no te preocupes por mí. Si estoy consciente antes de morir creo que no tendré miedo. Una cosa tengo clara: estaré satisfecho por haber realizado mi parte.

Hasta pronto. Hasta una cita futura. Nunca se sabe cuándo habrá tiempo para escribir. Hay mucho que hacer, y tan poco tiempo en el que hacerlo. Con cariño,
Salud
Canute.

(Traducción de Víctor M. Renero)

No hay imágenes de Frankson. El afroamericano de la foto es Oliver Law, primer negro que dirigió un batallón compuesto mayoritariamente por blancos durante la Guerra Civil. Y respecto al término "jim crow" y la figura de Angelo Herndon, hay abundante información en la red.




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martes, 6 de marzo de 2012

Afroamericanos en la Guerra Civil (I)

 


En los últimos tiempos se cruzan con demasiada frecuencia historias sobre las Brigadas Internacionales. Recientemente hallé en la librería Enclave Literaria (Relatores, 16, Madrid), esta interesante versión española, a cargo de Dídac P. Larriaga, del libro de James Yates “De Misisipi a Madrid. Memorias de un afroamericano de la Brigada Lincoln”; libro que narra uno de los aspectos menos conocidos por el público acerca de la Guerra Civil: la presencia de cerca de un centenar de afroamericanos entre los brigadistas internacionales, la mitad de los cuales dejaron su vida en nuestra tierra en defensa de la Libertad.
Confieso que me interesó más el proceso de toma de conciencia de los combatientes negros que origina su marcha a España. Todos ellos procedían de los estados del sur donde las leyes de Jim Crow y los linchamientos eran frecuentes; donde la vida de un negro no valía nada y el más mínimo roce o protesta era causa de persecución y muerte por parte del Klan. Un mundo donde los negros carecían de derechos ciudadanos puesto que ni siquiera las autoridades se tomaban la molestia de registrar a los niños negros recién nacidos. No es de extrañar que uno de los primeros recuerdos de Yates sea el de cinco muchachos y cuatro chicas colgados de un puente. Las miserables condiciones de vida de los negros del sur, en una clara extensión de la esclavitud se extendía a las relaciones laborales y el mundo de la educación: Yates no recibe su primer sueldo en una fábrica en metálico, como todos los trabajadores blancos, sino en un vale canjeable en el economato de la empresa, donde los precios son más caros; acude a una escuela que en realidad son cuatro tablas junto al río, dónde reciben clases por turnos debido al poco espacio existente.
No es de extrañar pues que la obsesión de muchos de estos jóvenes fuera emigrar al norte; a las fábricas de Detroit o Chicago, a Nueva York. A mediados de los años 20 se produce la Gran Emigración: la marcha de cientos de miles de negros al norte, atraídos por la demanda de mano de obra tras el fin de la Primera Guerra Mundial. Pero la crisis del 29 afectará de nuevo a estos trabajadores que, como dice Yates, fueron “los últimos en ser contratados y los primeros en ser despedidos”. En paralelo a su marcha del sur se va desarrollando una conciencia política acerca de las condiciones de la población negra. Aunque en el sur había viejos luchadores, como el maestro de su escuela, un anciano que acudía tercamente al colegio electoral para ejercer un derecho inexistente en la práctica para los negros, y se escuchaban los ecos de las teorías panafricanistas de Marcus Garvey, es en el norte donde entra en contacto con el sindicalismo y la acción de masas. La mayoría de los combatientes africanos militaron de hecho en el Partido Comunista, apoyando las causas del dirigente comunista Angelo Herndon o los Scottsboro Boys.
Yates acude a Madrid a luchar contra el fascismo, el mismo fascismo que imperaba en el sur de los Estados Unidos. Tuvo que entrar por Francia, como tantos otros, cruzando clandestinamente los Pirineos, puesto que el gobierno de Roosevelt prohibía la implicación de sus ciudadanos en el conflicto. Reflejó su historia en un libro publicado en los ochenta y que prácticamente vendía en la calle.  Padeció la muerte de varios compañeros, conoció a Hemingway y describió las terribles condiciones de los refugiados que huían de los bombardeos o de los miles de madrileños hacinados en el metro. Herido, regresó a EEUU, pero volvió a España en 1971, tras recuperar el pasaporte que el gobierno había retirado a los combatientes en la Guerra Civil, y en 1986, en el quincuagésimo aniversario de la guerra.
Pero James Yeats no fue el único en recoger sus experiencias en España; otros afroamericanos también lo hicieron:. Langston Hughes (Escritos sobre España), Ray Durem (Take no prisoners) y Harry Haywood (The black bolshevik).