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viernes, 30 de mayo de 2014

LA MEMORIA Y LAS URRACAS

Urraca


Hace unos días escuché al profesor de Ciencias Políticas Juan Carlos Monedero, una anécdota sobre la Comuna de París: en los días de finales de mayo de 1871 en los que los comuneros eran conducidos a la muerte en hileras escoltadas por soldados, un oficial llamó a uno de sus subalternos.

-¡Sáqueme a los que tengan canas y fusílelos!

Tras realizar su terrible cometido, el oficial volvió a su puesto no sin antes preguntar por qué precisamente a los de pelo cano.

-Porque esos aún recuerdan la revolución del 48 -contestó el oficial.

Como historiador el tema de la memoria siempre ha estado presente en mi quehacer científico. Como docente la historia oral ha sido un recurso habitual con mis alumnos y alumnas de bachillerato. Y es a través de esta técnica como los adolescentes descubren que tienen un pasado a través de sus familias. Cuando descubren que tienen abuelos y abuelas, padres y madres que han formado parte de esa historia que tan ardua y áspera les parece. Y que ellos mismos son historia.

Hace unos años caí en el exilio profesional en Ciempozuelos, un pueblecito al sur de las Comunidad de Madrid (España). Cuando les propuse a mis chicos que indagaran sobre las vivencias de sus antepasados no parecieron muy entusiastas hasta que, al día siguiente, muchos de ellos vinieron entre alborozados y perplejos: una batalla había tenido lugar en el pueblo durante la Guerra Civil y ellos lo ignoraban. En realidad no fue sólo una batalla sino una de las acciones de guerra más terribles del conflicto: la batalla del Jarama (sí, la que Woody Guthrie cantaba en su Jarama valley).

Así fueron descubriendo como sus abuelos se conocieron mientras eran evacuados con sus escasas pertenencias sobre famélicos burros, o como los internos del Hospital Psiquiátrico quedaron abandonados en su locura dentro de la locura. Desfilaron los brigadistas venidos de todo el mundo, entre ellos los  voluntarios irlandeses que combatían contra compatriotas suyos en el bando franquista, los bombardeos provocados por silenciosos aviones, la agonía de los refugios, el olor de los cuerpos de los animales despanzurrados en las calles. Y las lágrimas, las lágrimas que vertían las muchachas y los muchachos al ponerse en la piel de sus antepasados.

Memoria recuperada, memoria para no olvidar, para hacer justicia, Memoria como la de esos campesinos que surgen en el relato de Ignacio Aldecoa "La urraca cruza la carretera". Trabajadores del campo durante el franquismo a los que se les ha suprimido su referente de lucha. Que quieren expresar su rabia ante la injusticia, pero no encuentran las  palabras. Se las han robado.

jueves, 29 de noviembre de 2012

CHARLIE DONNELLY









Las tragedias humanas se repiten sin que nadie sepa aprender del pasado o como sin algunas cosas tuvieran que estar siempre presentes por necesarias. Desde hace años términos como “deshaucio” o “dación en pago” se han convertido en habituales en los labios de cada ciudadano español. Y al hilo de todo ello, me encuentro con un texto que habla del joven poeta irlandés Charles Donnelly, miembro del partido republicano de izquierdas Congreso Republicano en los años 30. Donnelly conoció a otra activista Cora Hughes durante un desahucio: arrojaba la justicia y la policía a una anciana de un piso por no poder pagar su alquiler y ellos, sin pensárselo mucho, volvieron a meter los enseres desperdigados por la calle en la casa. Ambos fueron condenados a pagar una multa o pasar un tiempo equivalente en la cárcel, opción que ambos  aceptaron. No era la primera vez para Charles, puesto que meses antes había también optado por la cárcel durante un juicio por formar parte de un piquete en una huelga de panaderos.

Charles ya se había enfrentado a numerosas instituciones a pesar de su juventud, llevado por la rebeldía de su causa (su padre,  la escuela, y la universidad) teniendo que emigrar finalmente  a Londres. En 1936 volvió a Irlanda ante el llamamiento del Congreso Republicano para alistarse en las Brigadas Internacionales que se estaban formando para apoyar a la República Española. El 27 de febrero de 1937 moría en combate en el cerro Pingarrón durante la Batalla del Jarama. Cuentan que uno de sus últimos versos surgió de sus labios al tiempo que exprimía unas aceitunas: “Even the olivas are bleeding” (incluso las olivas sangran)

Charles y Cora unieron sus pasiones políticas y vitales. Aunque Cora murió joven, con tan sólo diecinueve años, él no la olvidó nunca. Años después  algunos le recordaban en Londres llevando consigo un mechón de su pelo.